Mehndi: Una increíble historia volviendo en tren de un viaje a Udaipur

Mehndi: Una linda historia desde Udaipur - FelizEscape.com

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Les voy a contar una historia larga, pero probablemente mi favorita de todas las que tengo de India. Lo que cuento aquí pasó en la vida real, no es ficción ni estoy exagerando los hechos para mejorar la historia. Así fue. Esto pasó en un tren que tomé luego de mi viaje a Udaipur para regresar a Delhi. Mi viaje a Udaipur fue el último que hice en Rajasthan, y fue varios meses después de haber ido a Jaisalmer y Jodhpur. Ese viaje a Udaipur, corto pero especial, fue un sueño hecho realidad. 
Por fin me logré sentar, después de esperar que una banca de la estación de trenes se desocupara, y estaba lo más de cómoda descansando mis pies en la bolsa de compras que había hecho todo ese día, el último de mi viaje a Udaipur. El tren llegó un poquito después y nos subimos enseguida a buscar nuestros puestos, y nos sentamos ahí felices de que por fin, volvíamos a Delhi (algo extraño, porque siempre me hacía feliz salir de Delhi, no volver). El viaje a Udaipur, el último que haríamos, se había acabado. O eso pensaba yo. 
Este regreso a Delhi del viaje a Udaipur en tren, era uno muy especial para mí. Después de haberme enamorado en la India, estaba haciendo el último viaje con mi novio en ese entonces, quien regresaría a su país poco después de que regresáramos a Delhi. Así que claro, era un viaje especial. Triste. Pero sumamente especial. Pero no tenía ni idea de lo increíble que iba a resultar ser.
Después de esperar 10 minutos mientras los demás pasajeros se subían, el tren arrancó y nuestro compartimento estaba solito, solo éramos nosotros dos, felices de que no iba nadie más, aunque ya sabíamos que en la siguiente estación llegarían nuestros vecinos de cama (¿o camilla?). Yo iba muy tranquila, y me sentía cómoda pues era un viaje en tren después de muchos y ya no me costaba cerrar los ojos toda la noche.
De pronto lo vi: Era un señor alrededor de los 70 años llegó a pararse frente a nosotros y me miró con sus ojos negros chiquitos detrás de los lentes y  me gritó que me parara de su cama, sin la más mínima decencia. en los trenes en India, la gente generalmente se sienta entre las 6 y las 9 de la noche en la cama inferior (son tres camas en cada división del compartimiento, es decir, 6 en total). Algunas personas traen su comida, y otros leen, y otros miran el celular y otro tienen sus audífonos puestos, y así. Pero todo el mundo se sienta unas horas, y luego se abren todas las camas y todos se acuestan.
Le respondí tranquilamente que sabía que esa cama no me correspondía, que la mía era la cama superior a esa y pero que no podía abrirla hasta que todos quisieran dormir. Pero eso solo aumento los gritos de parte del hombre, así que con mucha indignación me quité de ese puesto. Los gritos no se hicieron esperar de parte de las personas que viajan ahí o cerca de nosotros (incluyendo a mi novio), y se formó un alboroto impresionante. Los indios, como buenos curiosos que son, rodearon todo el compartimento a ver cual era el escándalo hasta que llegó una persona encargada de Indian Railways, la empresa de trenes. En ese momento me brotaron las lágrimas de rabia y se me resbalaban por los cachetes, me dirigí al hombre y le dije: “No me puedes tratar como quieras por que soy mujer, aunque tristemente así trates a las mujeres indias”.
El encargado de Indian Railways trató de calmar a todo el mundo y nos asignó a otro  compartimento en un vagón distinto, donde seguí llorando de la rabia por unos 15 minutos.  Todos los hombres indios que iban ahí me miraban con curiosidad, pero no era la mirada de siempre, creo que todos sabían lo que pasaba y trataron de mostrarse amigables en los ojos. En la siguiente estación, la gran mayoría  de ellos se bajó, y quedamos con un señor indio de gafas con lentes muy gruesos, quien empezó a hablarnos en Hindi, y a ofrecernos de su comida y de los maníes con masala que estaba disfrutando demasiado. Yo seguía callada y no le dije mucho, pero él ignoró los ánimos nuestros y sacó su celular. Empezó a mostrarnos un video de 45 minutos de un matrimonio, y por supuesto, todo estaba en Hindi. Como no entendía qué quería enseñarme, a cada distracción del señor, le intentaba devolver el celular, diciéndole que era todo muy bonito, pero él esperaba a que empezara otra parte de la historia y me lo devolvía nuevamente para que yo me enterara de todo. (El asunto en sí era muy tierno, no fastidioso).
A los pocos minutos, llegó un señor que se dio cuenta del inconveniente que tuvimos al inicio del recorrido, y se sentó a saludarnos y nos explicó que el hombre mostrándonos el video en su celular era un invitado al matrimonio de su hija, así como otros 50 pasajeros que iban en ese tren, que incluían familia y amigos cercanos (y no tan cercanos también) que se dirigían a Delhi para el gran evento. Generalmente las bodas en India se celebran en la ciudad de la novia, pero al parecer varios familiares del novio, por ser ancianos, no podían hacer un viaje a Udaipur, entonces decidieron hacer la boda en Delhi. El señor nos dio ánimos y nos dijo que lamentaba mucho lo ocurrido, que India tiene mucho más para ofrecer y que no quería que nos lleváramos una mala imagen. Luego de hablar de muchos temas, se disculpó diciendo que debía ir a saludar a otros de sus invitados, pero se aseguró de que su hija, la futura novia, fuera a donde estábamos para que nos conociera.

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Para esa fecha no recuerdo el número de matrimonios indios a los que ya había asistido, pero nunca, ninguno de ellos, fue tan emocionante como este encuentro. La futura novia nos contó que su prometido  era un hombre al que solo había visto una vez en su vida, y que habían hablado dos veces por celular.  Y allí iba ella, en un viaje en tren a Delhi, en camino a iniciar su vida de casada con una persona que realmente no conocía. Me intenté distraer viendo los hermosos tatuajes de henna tan elaborados, así como la manilla de nudos que su futuro esposo tendría que desatar con una sola mano, esto con el propósito de “conocerse” y sentirse cómodos, cuando ya hubiera pasado el momento que indicaba que estarían unidos por el resto de sus vidas. Creo que la mezcla entre mi asombro y algo de tristeza se notaba, porque le hacía preguntas que no podía contener, y esa imprudencia mía, bien característica, no me importó mostrarla porque  al fin y al cabo ¿cuándo volvería a ver a esta mujer en mi vida?
Pero no fui la única en hacer mil preguntas, afortunadamente. La novia quería cada detalle de nuestra vida en occidente, quería saber cómo era eso de tener un novio sin problemas, y como hace la gente que se va a vivir en pareja sin ningún tipo de ceremonia, y como es posible que los padres quieren que sus hijos se vayan a vivir solos y sean independientes, y quería saber de los viajes que hemos hecho y los que haríamos, y sus ojos marrones bien abiertos me hacían creer que nos veía como rockstars que hacían lo que les daba la gana con sus vidas. Y básicamente si, así es. Tenemos una libertad increíble.
Antes de irnos a dormir, la novia me pidió que la acompañara al siguiente vagón, donde estaba parte de su familia. Cuando llegamos, vi que estaban todas las mujeres durmiendo junto a unos niños pequeñitos muy profundos, mientras el movimiento del tren los mecía y el sonido de los rieles los arrullaba, tal como me pasa a mí. Todas se despertaron, cuando la futura novia sacó la maleta que estaba debajo de la camilla y empezó a mostrarme sus cosas. La mama le daba indicaciones de cómo sacar la ropa, la abuelita opinaba y regañaba y las tías también le decían que hacer (era como vivir una escena de “My big fat greek wedding”).
En la maleta, estaban primero los regalos que ella le daría a sus futuras cuñadas, cada una recibiría un saree típico, así como todos los que vi y de los que me enamoré en mi viaje a Udaipur. Eran en seda y con bordados espectaculares, con un set de bindis a juego y billetes de 10 rupias para la suerte, uno de muchos agüeros indios. Luego me mostró los sarees de su hermana y el de su madre, que me dejaron boquiabierta. Yo creía que eran los sarees y vestidos indios más hermosos que había visto en India, hasta que vi el vestido de novia de ella. Era espectacular: un saree en rojo, como es la tradición, y con detalles en la tela que me podría demorar toda la vida intentando describir. Después de eso, sacó de la maleta una cajita llena de joyas, separó cinco pares de aretes y sonriente me dijo -“Escoge los que quieras de aquí, son un regalo para ti”-.
Rechacé la propuesta inmediatamente. Le dije que no podía recibir un regalo de su parte, pues ya ella y su familia había sido muy generosos con nosotros y nos habían tratado con demasiada amabilidad. La verdad, no tenía ni idea de cómo aceptar un regalo de una mujer a punto de casarse y que además me había ayudado lo suficiente durante mi viaje, si algo, le debía yo un regalo a ella. Pero a pesar de mis negativas, no dejó de insistirme hasta que le dije que me diera el par que menos le gustaran. Para mi suerte fueron un par de aretes de pavo real increíbles, supremamente indios, y creo que al día de hoy, el par más querido que puedo tener en lo que se puede llamar mi “colección” (aunque no soy de tener joyas).
Me desperté a las 7 de la mañana al día siguiente y la camilla al lado estaba vacía. Mi viaje a Udaipur habia finalizado oficialmente cuando me dormí. Vi que avanzábamos lento hacia la estación de Old Delhi, pero por más que me asomaba no vi a ninguna de las personas de ese viaje de nuevo. Me bajé a la multitud de la estación deseando ver a la futura novia, con ganas de decirle gracias y de desearle suerte y felicidad en su matrimonio, pero todo quedó como una oración chiquitica antes de perderme entre la gente que salía a la calle, al caos de Nueva Delhi.
***Estos links son piezas o prendas similares a las que vi o a las que tengo***

 

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