Despidiéndome de India: Mis últimos momentos en Delhi

Estoy en el gate 17 del aeropuerto internacional Indira Gandhi de Nueva Delhi. Aún tengo la frente roja de los colores de Holi que fue, para resumir, una de las fiestas más increíbles que he experimentado en mi vida. Bailamos como locos al ritmo del dhol y la canción de “Pani sunny” y, aunque me la pasé casi todo Holi con una sonrisa manchadas de anilinas verdes y fucsias (que por cierto sabían horrible), se me pasaba de vez en cuando por la cabeza que el 19 de marzo, (osea hoy), sería mi última noche en India.

Tengo todo menos ganas de viajar durante treinta horas, contando tiempos de espera y conexiones, y tener que hacer 4 veces la fila de gente desesperada para subirse a un avión. Me encantaría cambiar el rumbo de mi viaje, irme directamente a otro lado, bajarme en otro aeropuerto y estar igual de ilusionada que como lo estuve en agosto cuando todo era mágico aquí. Pero no, me toca regresar a la realidad, porque India es eso: un recreo de la vida real. Y aunque en Colombia hay muchas maravillas, en India dejo cosas y recuerdos que me harán una falta increíble (y nada podrá llenar esos vacios). 

Llegue a India un 22 de abril, asustada de todo y con una ansiedad super tonta que me daba ganas de regresarme a Colombia en el primer vuelo que pudiera tomar. Hoy, once meses después, esa persona asustadiza ya no está. Me convertí en una mujer capaz de adaptarse a cualquier situación después de haber vivido en la locura de Delhi. Como te amo India, y que dolor dejarte justo cuando te amo con el corazón lleno y con el estómago sano, cuando por fin supe vencer mis miedos y andaba sola como una local más en tus calles y trenes y mercados. Que duro que terminemos así, doliéndonos a las dos en el corazón nuestra separación temporal, siguiéndonos queriendo como locas a pesar de los océanos y continentes que nos separaran. Yo, muriendo de tristeza porque no puedo vivir aquí contigo, y tu triste porque ya no me tienes más a mi entre tus fieles habitantes maravillados con las lentejuelas de tus vestidos y las baratijas de tus mercados. Gracias India, no solo por permitirme vivir aquí, si no por mostrarme que valía la pena seguir luchando cada vez que quería rendirme con nosotras dos.

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